Un domingo por la tarde, sobre la banquina de la ruta provincial Nº 20, entre Alicia y Las Varillas- los integrantes de una familia, acomodados en reposeras, de espaldas al asfalto, comparten mates y contemplan el mar.
Mar dulce, sin oleaje, improvisado, segmentado en su inmensidad por sutiles líneas de alambradas y tranqueras que apenas se dejan ver, al igual que algunas copas de árboles y tejados. Monumental espejo gris de un cielo gris.
La “gran inundación del 2006” en Santa Fe sólo tuvo piedad con esta ruta y su pequeña banquina de césped.
Y una familia se aparta de la angustia de la catástrofe, para dejarse atravesar por la fascinación del flamante océano, paisaje distinto, repentino, accesible... De insólita cercanía con su hogar de residencia a fuerza del infortunio climatológico. Tan próximo como para incluirlo en el paseo dominguero y vivirlo cual playa caribeña.
Presiento que el arte contemporáneo en sus aspectos que más me interesan, progresivamente ejerce esa pulsión de vida, de supervivencia, en los mismos procesos. Distintos soportes y materializaciones, signados de quiebres, alternativas, modos y situaciones inexplorados, extremos, múltiples y cambiantes formatos, todo puede asegurar una existencia relativa.
Finalmente, la marca cultural de nuestro país parece ser la rápida adaptación, corrimiento, reapropiación para sostener un devenir tortuoso, marcado de crisis e injusticias que nunca se alcanzan a superar.

Arte como devenir, como forma de hacer y percibir, como azar, como resultado fortuito de procesos apenas guiados. Arte como respuesta y soporte de vida. Arte como vida misma. Tales son las bases de las poéticas artísticas contemporáneas que a mi entender, mejor representan la identidad argentina y “sudaca” (si es que la hubiere).
Diría más aún:
Todos somos un poco esa familia, capaz de enfrentarse al desastre y contemplarlo, vivirlo de una forma distinta, como si no lo padeciera.

Víctor Gómez