TRAVESÍAS ANTIHEROICAS
(texto de Rodrigo Alonso)
Yo se de un laberinto griego que es una línea única, recta
Jorge Luis Borges (La Muerte y la Brújula)
En la literatura clásica, los viajes fueron una pieza clave en la construcción de la figura heroica. En tiempos donde la psicología no había dado aún sus primeros pasos, las peripecias en los caminos eran, ante todo, metáforas de un crecimiento interior, etapas de una evolución personal en la que el héroe adquiría su estatura mítica.
Las intervenciones en las rutas de Víctor Gómez multiplican los ecos de esos viajes interiores. Sin embargo, los relatos que narran sus acciones rechazan las resonancias heroicas, configurando en cambio una estética de la precariedad y la fugacidad.
Efectivamente, a diferencia de la narrativa épica, en la que el camino es principalmente un lugar de encuentros y en menor medida un espacio físico, Gómez funda su práctica en el rescate de las particularidades y los accidentes de los lugares recorridos. Mediante construcciones simples, con materiales de desecho y objetos encontrados, el artista extrae al sitio elegido de su indiferencia, transformándolo en el centro de una labor artística que lo individualiza y potencia. Su intervención constituye un verdadero acto fundacional: instaura un nuevo territorio, transforma el espacio en un lugar.
En cada una de esas estructuras precarias, la extensión del paisaje argentino se transfigura en un enclave de intensidad. Obra y naturaleza dialogan y se potencian mutuamente: la primera, haciendo gala de un marco imponente e infinito, que incorpora la magnificencia de los ciclos vitales; la segunda, mediante un acto que dirige la atención hacia un entorno tan natural como inadvertido. Cada intervención trastoca la monotonía del viaje en un hecho irrepetible y singular.
Se incorpora así una dimensión temporal ineludible –la de la travesía– que se suma a una cadena de momentos que pautan el devenir de las obras: el instante de su creación, su duración material, los embates de las condiciones climáticas sobre su pervivencia física, su desaparición, el recuerdo en la memoria de los viajantes transformados en espectadores inadvertidos.
Curiosamente, y a contrapelo de la épica heroica, esas construcciones precarias no llevan las marcas de un autor. El impulso creativo originario se disuelve rápidamente en los materiales ordinarios, en las composiciones ascéticas y en la aparente irrelevancia de los sitios seleccionados. Muchas obras parecen simplemente el producto de la casualidad o del delirio lúdico de una naturaleza caprichosa. En esta renuncia a las bondades de la creación artística, a la individuación y a la mística del reconocimiento, Gómez bebe en la herencia duchampiana del ready-made y su indiferencia estética, desactivando la figura del autor para evitar la sobredeterminación de los objetos y liberar el campo de la contemplación.
Las obras no parecen reclamar un espectador determinado. Si bien acceden al circuito del arte a través de la documentación, permanecen igualmente en sus sitios de origen, desnudas a la mirada de los viajantes, abiertas a sus posibles intervenciones, desprotegidas frente a las inclemencias del tiempo. Se mueven en el arco que va desde la institución artística a la vida misma, extrayendo de cada contexto las condiciones necesarias para su funcionamiento.
En su naturaleza confluyen indistintamente factores formales e ingredientes elementales, el diseño espontáneo pero riguroso y el hallazgo fortuito a lo largo del camino. La complejidad de un laberinto en la simplicidad de un trayecto inconcluso y continuo.
Rodrigo Alonso. 2003